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diumenge, 17 de gener del 2016
CARTA DE NADAL A MON PARE...
Mai vaig ser caçador. M'agradava venir
a Biniguarda amb tu per veure córrer es cans
o fer cantar perdius. Quan tornàvem a Lô,
caminant i d'enfora sentíem tocar
ses campanes, el món era alegre i segur
perquè em daves sa mà pes camí de sa vida.
A ca nostra, amb ma mare pendent des fogons,
trobàvem es germans i era gust i érem molts
i sopàvem tots junts i escoltàvem sa ràdio.
Es dissabtes fosquet em rentava en un còssil
i després tu em servaves en es balancí.
Amb humil fe de pobres em deies «Poncet,
un dia serem rics. Tenim terra a l'Havana!»,
però a jo m'era igual perquè et tenia a tu
que omplies de bondat amb ets ulls blaus sa casa.
Vaig esser es més petit i es que et va escoltar més
quan contaves històries de bruixes i dracs
o rallaves amb por de sa Guerra Civil.
Mentre tu molts de vespres tornaves cansat
de sa fàbrica i feies hores extres dret
tallant peces de pell dalt sa cambra fins tard,
jo llegia embambat tots es llibres antics
d'aquell oncle famós, parent teu, que va ser
confessor de dos papes i ecònom de Roma.
Sempre et veig satisfet. Duies un davantal
i et posaves es llapis de marcar a s'orella.
Jo et venia d'al·lot a veure a Ca's Toribios
i em besaves content i es mostatxos picaven.
Quan es sou, que era magre, es fonia a un pot buit
tu abraçaves ma mare i amb gest animós
li somreies: «Maria, tot ho aclarirem!»,
i ella ho va aclarir tot i vam créixer feliços.
Mos vas fer menorquins i amb s'exemple des fets
mos vas dir i ensenyar que hem de ser bona gent.
No te perdis pel camp. En sentir ses campanes,
quan ja s'hagi fet fosc i tu tornis tot sol
pes camins de sa mort, jo et donaré sa mà
i vindré as teu costat perquè em contis històries
o em rallis sense por de sa Guerra Civil.
Esper que estiguis bé i al cel hi hagi diaris,
i puguis caçar molt i passar de política.
Si veus Déu conta-li que no va aclarir res,
que hi ha guerres i fa feredat com va el món.
Es Nadals me són trists i és com si en es betlem
de ca nostra hi faltés s'alegria d'antany.
Ses estrelles s'han fus i cap pastoret riu.
Sempre tenc com un corc que em roega i fa mal.
Des que te'n vas anar sent es pes d'un gran buit
i no vull que te moris, mon pare, mai més.
diumenge, 3 de gener del 2016
BETLEM I NAIXEMENT...
Los protagonistas del belén según las reliquias que
reconoce la Iglesia
Lo que queda del portal de Belén
"La infancia es, sin duda, la etapa más
desconocida de la vida de Jesucristo"
José Manuel
Vidal, 03 de enero de 2016
¿Jesús había
ascendido al cielo con su cuerpo completo o sin una parte, como era el
prepucio?
(José Manuel Vidal).- "En Belén, María dio a luz a su
hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre" (Lucas
2, 7). Los Evangelios apenas hablan del Cristo niño y adolescente, más
allá de cómo se perdió y fue encontrado en el Templo de Jerusalén, enseñando a
los escribas y doctores de la ley. Sólo Mateo y Lucas presentan breves
pinceladas del Niño Jesús
La infancia
es, sin duda, la etapa más desconocida de la vida de Jesucristo.
Los exegetas ni siquiera se ponen de acuerdo sobre la
fecha y el lugar de nacimiento. Para algunos y según la tradición, nació en
Belén; para otros muchos, en Nazaret. En cuanto a la fecha, Xabier Pikaza,
nuestro exegeta más prestigioso asegura: "No conocemos el día de su
nacimiento, pues la Navidad (25 de Diciembre, solsticio de invierno en el
hemisferio norte) es una armonización simbólica de la liturgia cristiana (Jesús
= Sol naciente). Es indudable que Jesús nació en torno al año 6 a.C. en
algún lugar de Judea o Galilea, aunque los datos concretos de su nacimiento
han sido recreados simbólicamente, para indicar mejor la importancia que tienen
para los creyentes".
Los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan,
escritos entre los 70 y los 100 años d.C., son biografías religiosas, es decir,
confesionales, para uso de la Iglesia y mayor gloria y alabanza del personaje.
No son biografías históricas como las entendemos hoy. Además, pasan de
puntillas sobre la infancia de Jesús. El belén, tal y como hoy lo
conocemos, es un invento de San Francisco de Asís en Greccio en el 1223.
El propio Papa Francisco, en la audiencia del
pasado miércoles, día 30, reconocía: "No conocemos apenas nada de la
infancia de Jesús. Las raras indicaciones que poseemos hacen referencia a la
imposición del nombre después de ocho días de su nacimiento". Y, buscando
un lado positivo, añadía: "Sabemos poco del Niño Jesús, pero podemos
aprender mucho de Él, si miramos la vida de los niños".
De todas formas, en la iconografía de los Evangelios
canónicos y de los apócrifos sobre el nacimiento del Niño Jesús se citan los
pastores, los ángeles, los Reyes Magos, el buey y el asno. ¿Queda algo de
los elementos que configuraron aquel evento de hace más de dos mil años, que
cambió la historia de la humanidad? Un puñado de reliquias de algunos
elementos de aquel escenario que, según la tradición, han pervivido hasta hoy.
Desde la cuna al pañal, pasando por unas gotas de leche de la Virgen o incluso
un suspiro de San José. Recorrido por los restos sagrados de aquel primer belén
viviente.
La cuna...y
una pajita
Los Evangelios no mientan cuna alguna en el portal de
Belén, pero la Basílica romana de Santa María la Mayor conserva no sólo las
maderas de la cuna, sino incluso una pajita de heno del pesebre. La paja
era propiedad privada de los Reyes de España, que la donaron al templo romano,
del que el Rey Felipe VI es protocanónigo, es decir el primero de los miembros
del cabildo. Una basílica que siempre estuvo muy vinculada a la monarquía
española.
Los cinco listones de madera de la Sagrada Cuna,
que todavía se conservan, están en un majestuoso relicario de cristal, obra del
artista Giuseppe Valadier, sostenido por cuatro querubines de oro y coronado
por un Niño Jesús de tamaño natural. La urna se encuentra bajo el altar mayor y
es uno de los lugares más visitados de la inmensa basílica romana, que regenta
el cardenal español Santos Abril.
Fue el Papa Sixto III el que decidió crear, en el
año 432, una gruta de Navidad, parecida a la de Belén, en la basílica
romana, que, precisamente por eso, pasó a llamarse 'Santa María ad praesepem'.
La gruta se hizo tan famosa que los cruzados y los peregrinos que regresaban de
Tierra Santa le ofrecían las reliquias del portal que traían. Así llegaron las
maderas de la cuna que, en el año 1370, el Papa Gregorio XI colocó en el
interior de un relicario, que robaron las tropas napoleónicas en la ocupación
de la ciudad en el bienio 1798-99. Los franceses se llevaron el relicario, pero
dejaron las reliquias y una duquesa hizo una sustanciosa donación para labrar
el actual.
Los santos
pañales
En otro relicario de Santa María la Mayor se
conserva también el 'panniculum', trozo de tela del tamaño de una mano que,
según la tradición, utilizó la Virgen para envolver al Niño. En la Iglesia de
San Marcello al Corso, en la Via del Corso (antes, Via Lata), que une la piazza
Venezia con la Piazza del Popolo, se veneran más pañales de Jesucristo
Pero el más famoso de los santos pañales se encuentra
más cerca de nosotros, en Lleida. Aunque ya sólo quedan de él tres hilos
y el recuerdo de una reliquia extraordinaria y dotada de poderes especiales.
Por ejemplo, curaba las enfermedades del que se la colocaba en la cabeza y
hasta era inmune al fuego. Fernando VII la traslado a Madrid, para evitar
complicaciones en el parto de Isabel II.
Venerada por Reyes y Papas durante siglos, la reliquia
viajó de Jerusalén a Túnez, donde la encontró el comerciante leridano Arnau
de Solsona, que la donó a la catedral en 1297. A pesar de haber sido
depositada en el Banco de España, la reliquia se perdió casi por completo
durante la Guerra Civil. Quedan los dos hilos de Lleida y otro similar
proveniente de la parroquia segoviana de Escalona del Prado, que fue donado por
el Rey Leopoldo de Bélgica a Felipe IV a cambio de un fragmento de la veracruz.
Gotas de
leche de la Virgen María
La leche de la virgen se conserva en varios lugares.
Las reliquias más célebres son la de los agustinos de Santa María del Popolo en
Roma, la que hay en la catedral de Oviedo y la de la catedral de Murcia. No
se trata de líquido materno propiamente dicho, sino de una sustancia blanca,
extraída de las paredes de la llamada Gruta de la Leche en Belén.
Según la tradición, cuando María amamantaba allí a su
hijo, unas gotitas de la leche salpicaron la cueva, volviéndola de color
blanco. Los peregrinos, en su visita al lugar, rascaban la superficie
blanca de la cueva y se llevaban los fragmentos como un tesoro. Los que se conservan
en una ampolla-relicario de la seo de Murcia se tornan líquidos todos los años,
el día de la Asunción.
Cordones umbilicales
Al ombligo santo o al santo cordón umbilical de
Jesucristo se le rinde culto en dos iglesias romanas (la de Santa María de Popolo,
donde se alojó Lutero en su visita a Roma y donde Caravaggio dejó dos
magníficos óleos en la capilla Cerasi, y la de San Martino), y en el templo
francés de Chalons, aunque este último desapareció. En cualquier caso, Jesus
tuvo tres ombligos...por lo menos.
El suspiro
de San José
Agobiado por no encontrar sitio en posada alguna para
que María diese a luz, José, según cuenta la tradición, suspiró profundamente y
su suspiro quedó atrapado en la botella de la que acababa de beber. Un
ángel la recogió y la escondió. Tiempo después, la encontraron unos monjes y se
la llevaron a Francia, donde fue venerada durante siglos, hasta que la Santa
Sede requisó la botella con el suspiro del esposo de María y la guardó en el
Sancta Sanctorum de las reliquias vaticanas. Ni que decir tiene que está
terminantemente prohibido abrir la botella...
Los
pastorcillos de Ledesma
"Los
pastores fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño acostado en
el pesebre" (Lucas 2,16-17). Eso dice el Evangelio, mientras la tradición
asegura que los restos de tres de esos pastorcillos (Jacobo, Isacio y
Josefo) se encuentran en la villa de Ledesma, junto a sus zurrones y tijeras de
esquilar. Fueron traídos a la villa salmantina por un caballero cruzado, Micael
Dominiquiz, natural de la localidad, en el año 1149.
La noticia se propagó rápidamente y llegó a oídos del Papa
Inocencio XI, que concedió a la iglesia de San Pedro de Ledesma el
privilegio de una cofradía para salvaguardar el tesoro pastoril. Otros, menos
crédulos, aseguran que se trata de una fabulación surgida en la Edad Media y
que los huesos que se conservan pertenecen a tres pastores...de Ledesma.
Los Reyes
Magos
"Vieron al niño con María, su madre, y cayendo de
rodillas le rindieron homenaje; luego abrieron sus cofres y como regalos le
ofrecieron oro, incienso y mirra" (Mateo 2,11). Cuentan que Marco Polo
vio las tumbas de los tres Reyes Magos en Irán. Al parecer, la emperatriz
Elena se hizo con sus cuerpos, pero Federico Barbarroja robó su sepulcro y se
los llevó a Colonia, para convertir la ciudad en meta de peregrinación similar
a Compostela. Desde entonces residen en la ciudad alemana, en un relicario de
oro, plata y madera, que se tardó 45 años en labrar. En el siglo XIX, lo
abrieron y encontraron tres cuerpos. ¿De los Magos?
La cola del
asno
De los dos animales que, según la tradición, estaban
en la gruta de Belén, sólo se ha conservado la cola del asno. Aunque,
también en este caso, hubo dos colas. Una, que desapareció, y la otra que
se conserva en el Ministerio de Prehistoria
Contemporánea de Roma.
Piedras del
portal
Proliferan los lugares que aseguran conservar trozos de
piedras del portal de Belén. Por ejemplo, en el monasterio de San Juan de la
Peña de Santa Cruz de la Serós (Huesca), en la capilla copta del Santo Sepulcro
de Jerusalén, en la catedral de Mallorca (en uno de cuyos numerosos relicarios
se conserva un fragmento de una piedra del pesebre) y en la de Valencia, que
conserva una piedra entera del portal.
Las plumas
de los ángeles
Existen varias reliquias de plumas de ángeles
dispersas por el mundo. Unas de los ángeles que se les aparecieron a los
pastores y otras, atribuidas al arcángel San Miguel, tras su lucha contra el
diablo, o al arcángel San Gabriel, tras anunciar a María, en Nazaret, que iba a
ser la madre del Niño Jesús. Esta última pluma estuvo durante años en el
monasterio de El Escorial y fue considerada como una de las reliquias más
apreciadas de la cristiandad en la Edad Media. Según los testimonios de la
época, la pluma media un metro y era de color rosa suave. Hoy, se le ha
perdido la pista, tanto a la pluma de El Escorial como a la que se veneró
en la iglesia de Liria (Valencia) o a la del monasterio francés del famoso Mont
Saint Michel.
En Alemania
e Italia aseguran seguir conservando trozos de plumas de los ángeles, como la
que se conserva en la iglesia de La Madonna de Loreto.
...Y el
santo prepucio
Cuentan los
Evangelios apócrifos que Jesús, conforme a la ley, fue circuncidado al octavo
día de su nacimiento y que la anciana judía que practicó la operación introdujo
el Santo Prepucio en un vaso de alabastro con aceite de nardo. El
recipiente fue a parar a manos de San Juan Bautista, que se la regaló a María
Magdalena. Siete siglos más tarde, la reliquia llegó de manos de un ángel a San
Gregorio Magno, quien, a su vez, se la regaló al Papa León III.
Permaneció en la catedral romana de San Juan de
Letrán hasta el saqueo de Roma por los lansquenetes. Su rastro desaparece
por un tiempo, para reaparecer en varios lugares: En Calcata en la región del
Lazio; en la abadía francesa de Charroux que las recibió de Carlomagno; en la
abadía de Coulombs; o en la catedral de Amberes. Durante las Cruzadas
circulaban por Europa 14 reliquias del Santo Prepucio.
La reliquia alcanzó tanta popularidad que incluso se
fundó en su honor la orden de caballería de los "Hermanos Caballeros
del Santo Prepucio" para proteger tan valioso resto que, según sus
custodios, sangraba cada viernes santo. Pero por considerarla una reliquia
irrespetuosa, en 1900 la Iglesia Católica declaró que todo aquel que se
atreviera a hablar del Santo Prepucio podría ser excomulgado.
Aunque el culto del Santo Prepucio fue derogado por decreto, a lo largo de la historia fue una de las reliquias más polémicas. En una visión mística de Santa Catalina de Siena, Jesús se casaba con ella y le ponía el prepucio amputado en su dedo como anillo de bodas.
Llegó incluso a suscitarse una controversia teológica
en torno al prepucio: ¿Jesús había ascendido al cielo con su cuerpo completo o
sin una parte, como era el prepucio? La cuestión disputada terminó
resolviéndose con la tesis de que subió al cielo con el cuerpo completo,
porque el prepucio era una parte prescindible. Pero el teólogo León Alacio
sostenía que el prepucio había subido al cielo al mismo tiempo que Jesús,
convirtiéndose en los anillos de Saturno.
dilluns, 28 de desembre del 2015
JESÚS I "HISTÒRIA"....
Texto íntegro del saludo del Papa en español
Queridos hermanos y hermanas:
En estos días de Navidad, contemplamos al Niño Jesús, reviviendo en nuestros corazones el misterio de la Encarnación con gestos sencillos y tradicionales, como poner el pesebre en nuestras casas. Esta devoción al Niño Jesús nos permite meditar, siguiendo el ejemplo de la Virgen María, la humildad de Dios, que se hace pequeño por nosotros. A pesar de que sabemos poco de la infancia de Jesús, podemos aprender mucho de Él mirando a los niños. También Jesús quiere que lo estrechemos en nuestros brazos, que le demostremos nuestro amor, nuestro interés. Que abandonemos nuestra pretensión de autonomía y acojamos la verdadera forma de la libertad, que consiste en reconocer y servir a quien tenemos delante. Él ha venido a revelarnos el rostro del Padre, rico en misericordia.
***
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Veo que hay muchos mexicanos por allì. Acojamos al Señor en nuestros corazones, demostrémosle nuestro amor y el gozo de saber que Él siempre está en medio de nosotros. Muchas gracias.
Saludo en italiano
"Invito a rezar por las víctimas de las catástrofes que, estos días, golpearon Estados Unidos, Gran Bretaña y América del Sur, especialmente Paraguay, causando muchas víctimas e ingentes daños. Que el Señor conforte a todas esas poblaciones y la solidaridad fraterna les socorra en sus necesidades".
Texto
completo de la catequesis del Papa Francisco:
Hermanos y
hermanas ¡buenos días!
Un día un
poco frío ¿eh?
En estos días navideños se nos coloca frente a
nosotros el Niño Jesús. Estoy seguro que en nuestras casas todavía tantas
familias han hecho el pesebre, llevando hacia adelante esta bella tradición que
se remonta a San Francisco de Asís y que mantiene vivo en nuestros corazones el
misterio de Dios que se hace hombre.
La devoción al Niño Jesús está muy difundida. Tantos
santos y santas la han cultivada en su oración cotidiana, y han deseado modelar
su vida a aquella del Niño Jesús. Pienso en particular a Teresa de Lisieux que
como monja carmelita ha llevado el nombre de Teresa del Niño Jesús y del Rostro
Santo. Ella -quien es también Doctora de la Iglesia- ha sabido vivir y
testimoniar aquella "infancia espiritual" que se asimila propio
meditando, en la escuela de la Virgen María, la humildad de Dios que por
nosotros se ha hecho pequeño.
Y esto es un misterio grande, Dios es humilde,
nosotros que somos orgullosos, llenos de vanidad y que nos creemos grandes
cosas, somos nada, Él es grande, es humilde y se hace Niño, esto es un gran
misterio, Dios es humilde ¡es hermoso!
Hubo un momento en que, en la Persona divino-humana de
Cristo, Dios ha sido un niño, y esto tiene que tener un significado peculiar
para nuestra fe. Es verdad que su muerte en la cruz y su resurrección son la
máxima expresión de su amor redentor, pero no olvidemos que toda su vida
terrena es revelación y enseñanza. En el período navideño recordamos su
infancia. Para crecer en la fe tendremos necesidad de contemplar más a menudo
al Niño Jesús. Cierto, no conocemos nada de este período. Las raras
indicaciones que poseemos hacen referencia a la imposición del nombre después
de ocho días de su nacimiento y a la presentación en el Templo (cfr Lc
2,21-28); por otra parte la visita de los Magos con la consecuente fuga en
Egipto (cfr Mt 2,1-23). Después, hay un gran salto hasta los doce años, cuando
con María y José, va en peregrinación a Jerusalén para la Pascua, y en lugar de
volver con sus padres se detiene en el Templo a hablar con los doctores de la
ley.
Como se ve, sabemos poco del Niño Jesús, pero podemos
aprender mucho de Él si miramos la vida de los niños. Es una bella costumbre,
que los padres, los abuelos tienen, que es aquella de mirar a los niños, ver
qué hacen.
Descubrimos, sobre todo, que los niños quieren nuestra
atención. Ellos deben estar al centro ¿por qué? ¿Porque son orgullosos? No,
porque tienen necesidad de sentirse protegidos. Es necesario también para
nosotros poner al centro de nuestra vida a Jesús y saber, incluso si puede
parecer paradójico, que tenemos la responsabilidad de protegerlo. Quiere estar
entre nuestros brazos, desea ser cuidado y poder fijar su mirada en la nuestra.
Por otra parte, hacer sonreír al Niño Jesús para demostrarle nuestro amor y
nuestra alegría porque Él está en medio de nosotros. Su sonrisa es signo del
amor que nos da certeza de ser amados. Los niños, finalmente, aman jugar. Pero
hacer jugar a un niño, significa abandonar nuestra lógica para entrar en la
suya. Si queremos que se divierta es necesario entender qué le gusta a él. Y no
ser egoístas y hacerles hacer las cosas que nos gustan a nosotros.
Es una enseñanza para nosotros. Delante a Jesús
estamos llamados a abandonar nuestro reclamo de autonomía, y este es el centro
del problema, el reclamo de autonomía para acoger en cambio la verdadera forma
de libertad, que consiste en el conocer a quien tenemos delante y servirlo. Él
es el Hijo de Dios que viene a salvarnos. Ha venido entre nosotros para
mostrarnos el rostro del Padre rico de amor y de misericordia.
Abracemos, entonces, entre nuestros brazos al Niño
Jesús, pongámonos a su servicio: Él es fuente de amor y de serenidad. Y será
una bella cosa hoy cuando volvemos a casa ir cerca del pesebre y besar al Niño
Jesús y decirle: "Jesús, yo quiero ser humilde como Tú, humilde como
Dios" y pedirle esta gracia.
Lo que sabemos de Jesús
Con ocasión de este domingo de la Sagrada Familia
(27.12.15) quiero ofrecer una una reflexión de base sobre la realidad de Jesús:
-- Lo que
sabemos de ella con seguridad,
-- lo que puede cuestionarse en un plano de historia,
-- lo que podemos decir en un plano de fe.
-- lo que puede cuestionarse en un plano de historia,
-- lo que podemos decir en un plano de fe.
Salen estos días en la prensa noticias extrañas, y
algunos afirman incluso que Jesús nació 5.000 años antes de su nacimiento,
pues todo lo que de él se dice sería puro mito, sin fundamento histórico
alguno. Otros afirman que no sabemos nada...
Pues bien, en ese contexto, podemos y debemos afirmar,
en esta Navidad, algunas cosas importantes de la vida, empezando por su
nacimiento (sabiendo siempre que la fe en Jesús como hijo de Dios se sitúa en
un otro plano, que no puede demostrarse):
1. Es indudable que Jesús nació, en torno al año 6
a.C. en algún lugar de Judea o Galilea, aunque los datos concretos de su nacimiento han sido
recreados simbólicamente, para así indicar mejor la importancia que ellos
tienen para los creyentes.
2. También es indudable que fue un hombre
significativo, que planteó
unos problemas y abrió unos caminos de importancia en la sociedad de su entorno
judío y romano, aunque (¡por eso!) las autoridades oficiales del judaísmo de
Jerusalén no le aceptaron y el gobernados romano le condenó a morir en una cruz
(hacia el año 30 d.C.).
3. Los discípulos de Jesús crearon
"iglesias", o grupos de
"creyentes mesiánicos", apoyándose para ello en la certeza de que él
estaba vivo (=había resucitado), impulsándoles a recrear su misión, no sólo en
Israel, sino entre todos los pueblos. Ciertamente, se puede discutir la
"realidad" y/o sentido de esa resurrección, pero es indudable que los
primeros cristianos creyeron en ella y así continuaron y recrearon la obra de
Jesús (entre el 30 y 60 d.C.) y fueron uniéndose hasta crear entre el 100 y 120
d.C. la Gran Iglesia (la comunidad unitaria de los creyentes de Jesús).
El nacimiento y vida de Jesús abre así una pregunta, a
la que podemos responder de tres maneras:
-- (a) Jesús nació, y tuvo cierta importancia, pero
ya no es significativo para nosotros, de manera que no podemos llamarle
Hijo de Dios, ni Cristo o Mesías. Más aún, el testimonio de las iglesias
creadas en su nombre resulta actualmente poco edificante, incluso escandaloso.
Quizá sería mejor olvidar a Jesús.
-- (b) Jesús nació y tuvo importancia durante casi
dos mil años, y aún puede servirnos de ejemplo, pero ya no decide el sentido de
la historia. Por eso podemos recordar su nacimiento como sólo como un dato
simbólico o folklórico, igual que podríamos recordar el nacimiento de Buda o
Muhammad (o de otros personajes significativos).
-- (c) Por el contrario, los creyentes pueden
seguir y siguen afirmando que Jesús es Hijo de Dios, de manera que su Navidad
(su Nacimiento) es una revelación sagrada del sentido y la tarea
"divina" de la vida.
Así dejo el campo abierto para la reflexión histórica
y creyente, indicando a continuación lo que de verdad sabemos sobre Jesús. Buen
día a todos.
Un personaje
significativo
En nuestra cultura no hay quizá personaje más popular,
y le recordamos incluso al contar los años: Antes o después de Jesucristo. Se conoce bastante bien su vida,
aunque sigue habiendo en ella huecos fascinantes (¿por qué hizo lo que hacía,
por qué se dejó matar?), de manera que algunos han dicho que no pudo existir,
que fue sólo un mito condensado como historia: Un faraón judaizado, un héroe
griego incardinado en Galilea, la avatara palestina de un Dios indio…. Pero
tras veinte siglos su vida real resulta más sorprendente y rica que las
fantasías o dogmas posteriores.
Muchos cristianos le han llamado y le llaman Hijo de
Dios, Señor Celeste, Segunda Persona de la Trinidad... Pero él sigue siendo un
rabino y carismático judío de Galilea, ajusticiado en Jerusalén en la Pascua de Primavera del
30 d. C. Fue un hombre de pueblo, que recogió y quiso cumplir con su mensaje la
tradición israelita, condensada de un modo especial en la Biblia.
Se llamaba Jesús (=Dios Salva), como Josué/Jesús, un
antiguo conquistador judío, y sus seguidores le han llamado Cristo (Mesías),
dándose así un nombre compuesto: Jesucristo.
Debió nacer el 6 a. C., porque un tal Dionisio
(470–544 d.C.), apellidado Exiguo (por su poca perspicacia), que fijó la fecha
de su nacimiento, erró por seis años y llamó año 1 al que debía ser el 6 d. C.
La
trayectoria “oficial” de su vida ha estado modelada y manejada por teólogos y
sacerdotes cristianos, pero en los dos siglos, empezando en Alemania y
siguiendo en Francia, Inglaterra, Estados Unidos, miles y miles de
historiadores neutrales han fijado al detalle su figura.
No hay en el mundo personaje más estudiado, y aunque
se publican cada año cientos de libros sobre su vida, unos divulgativos, otros
muy científicos, escritos por especialistas cristianos o no cristianos, él
sigue ante nosotros un enigma.
Un enigma en
parte conocido, con preguntas que siguen abiertas
Cuando más se le conoce más preguntas plantea. Unos le llaman rebelde fracasado,
otros anarquista, vidente o profeta ejemplar, hijo de Dios, mago sanador,
alquimista oculto, poeta, amante o gnóstico asesinado… La mayoría le tiene como
bueno y añaden que su influjo a través de la Iglesia o fuera de ella ha sido
positivo, aunque otros contestan que la Iglesia ha manipulado su figura para
mal…
No conocemos el día de su nacimiento, pues la Navidad
(25 de Diciembre, solsticio de invierno en el hemisferio norte) es una
armonización simbólica de la liturgia cristiana (Jesús = Sol naciente…). Su vida parece sencilla, pero
resulta enigmática.
Era un hombre de pueblo (artesano), sin formación
especializada, pero se sintió enviado por Dios, como los antiguos profetas de
Israel, y así comenzó a proclamar la llegada del Reino de Dios, lo que implicaba el fin y
cumplimiento de todos los restantes reinos, incluido el de Roma. Con ese
convencimiento inició una marcha mesiánica en Galilea, pero fue rechazado en
Jerusalén por los sacerdotes judíos y ajusticiado por el gobernador romano. .
Fue y sigue siendo un hombre de muchos testimonios. Como es normal, su historia ha sido
recogida en la memoria y en los textos de sus seguidores, que formaron la
Iglesia Cristiana, en la que se recordó siempre la historia de Jesús, empezando
por las cartas de San Pablo (49‒57 d.C.), y siguiendo por los evangelios de Mateo y
Marcos, Lucas y Juan (70‒100 d.C.).
Esos evangelios son biografías religiosas, es decir,
confesionales, para uso de la Iglesia, pero insisten en su historia, recogiendo
los recuerdos de su vida, las causas de su muerte.
Como es
normal, panegiristas y devotos posteriores tienden a sacralizar la historia de
sus “héroes”, que al fin pierden casi su identidad humana. Con Jesús pasó, al
menos parcialmente, lo contrario:
-- Los que primero escribieron su vida exaltaron mucho
su figura sagrada, olvidando
casi su base humana, como hizo San Pablo (que escribió sobre Jesús a los veinte
años de su muerte), que casi sólo se ocupó de la muerte de Jesús y de su
resurrección entendida en línea de misterio...;
-- Por el contrario los que vinieron después, es
decir, los cuatro evangelistas tuvieron que esforzarse por recuperar su
historia humana para que no se perdiera, pues pensaron que sólo siendo un hombre podía ser
modelo y “salvador”.
Los historiadores judíos y romanos del siglo I d. C.
apenas le citaron, pensando que no merecía la pena recordarle, porque su figura les parecía
marginal, sin importancia, en la trama de su tiempo. Pero Flavio Josefo estuvo
más atento y en su libro sobre las Antigüedades Judía (Ant), habló de Santiago
(“hermano de Jesús, llamado el Cristo”) a quien los sacerdotes judíos
asesinaron el 63 d. C., y también de Juan Bautista y de Jesús a quien presenta
como un sabio profeta, perseguido por los sacerdotes y ajusticiado por el
Gobernador romano (Ant. XVIII, 63-4).
Los historiadores y políticos romanos de principios
del II d. C. (Tácito, Suetonio o Plinio el Joven) le recuerdan como un
revoltoso,
ajusticiado por la autoridad romana, pero su figura les sigue pareciendo
carente de importancia. Es evidente que se equivocaron. Buscaban la Gran
Historia, los acontecimientos triunfales del Imperio, y no vieron que en Jesús,
un personaje en apariencia marginal, vendría a ser más importante que césares
de Roma. Suele suceder: Tenemos la gran noticia, pero no sabemos valorarla.
Algo semejante sucede en nuestro tiempo: Algunos han
dicho que las fuentes de la historia de Jesús están ya secas y que sólo quedan
huellas folklóricas y desdibujadas de su paso por la arena de la playa. Pero otros piensan que ella sigue
más viva que nunca:
A. Schweitzer, premio Nobel de la Paz,
ha buscado su rostro en la niebla mañanera del Mar de Galilea;
R. Bultmann, el mayor exegeta del
siglo XX, sigue escuchando su voz como Palabra de humanidad;
L. Tolstoy le venera como el gran Anarquista y Profeta de la Paz;
F. Dostoievski estuvo impresionado por su testimonio;
y F. Nietzsche, a quien muchos consideran el mayor anticristiano, perdió su “conciencia racional” mientras quería unir a Jesús con Dionisio, Dios griego de la vida.
Fue un
hombre especial...
Un hombre especial, en una era de grandes contrastes. No
fue un hombre oscuro de provincia extraña (Galilea, Judea), inmerso en una
nebulosa mágica, sino que vivió en un contexto de grandes personajes.
Fue vecino y, en algún sentido, continuador de Judas
Galileo, líder
militar, fundador de los celosos de Dios que se alzó contra el dominio de Roma
(6 d. C). Compartió algunos principios religiosos con los “monjes” esenios de
la orilla del Mar Muerto (Qumrán), que anunciaban la llegada del juicio de
Dios.
Vino tras Hilel (30 a.C.‒ 10 d.C.),
inspirador del nuevo judaísmo nacional rabínico, que es aún el gran maestro de los
judíos actuales… Fue sabio como Filón de Alejandría (20 aC‒50 dC), que
quiso vincular el judaísmo con la sabiduría universal de Grecia, pero Jesús lo
hizo en una línea más vital, más popular, empezando desde abajo (en la calle y
en los campos), no desde la altura académica y científica.
Vino y actuó en el tiempo justo, en los años en que se
estaba incubando en Palestina la revolución que culminaría en la guerra del
67-70 d. C. incitada
y acaudillada por un friso de personajes fascinantes que Flavio Josefo ha
comentado en sus libros, que culminan con la impresionante masacre (caída) de
Masada, el 73 d. C.
No nació en un mundo oscuro ni fue el único que habló
de Dios y de su Reino, sino que vivió en un tiempo y una tierra, llena de
profetas y pretendientes mesiánicos, enfrentados de modo directo o indirecto
con el César Augusto o Tiberio (o con Calígula, Claudio, Nerón…) que se decían
representantes de Dios.
Años oscuros,
los tres momentos de su vida.
Nació probablemente en Nazaret de Galilea, aunque su
familia pudo provenir de Belén de Judá, patria de David y foco de promesas mesiánicas, en un
tiempo de gran conflicto social, cuando la tierra estaba pasando de una agricultura
de subsistencia a una economía comercial centralizada. Su madre se llamaba
María, y su padre José, y tenía por lo menos seis hermanos (cf. Mc 6, 1-6).
Para destacar el carácter providencial de su nacimiento, dos evangelios (Mateo
y Lucas) dicen que fue concebido por obra el Espíritu Santo y que nació de una
virgen, pero éste es un dato espiritual, no biológico.
Su familia parece haber sido religiosa, y Lucas (2,
41-52) supone que sus padres iban a orar cada año al templo de Jerusalén, donde Jesús habría quedado por un
tiempo con los rabinos. Pero el evangelio de Marcos (6, 3) le presenta como
artesano/trabajador, en un contexto de crisis social.
Más que un intelectual de libro (como otros rabinos de
su entorno) fue “obrero de lance”, campesino sin campo, artesano a merced de la
oferta y demanda, en tiempos
hambre y “locura” política, propensos a un alzamiento que vendría poco después
(66-67 d. C.). Pero un día (hacia el 26 d. C.) dejó su trabajo para hacerse
mensajero del Reino de Dios (es decir, de su venida), en un camino donde pueden
distinguirse menos tres momentos:
‒ Con Juan Bautista, profeta de
penitencia. Siendo ya un
hombre maduro (con más de treinta años), vino a la zona del Jordán para hacerse
discípulo (y colaborador) del Bautista.
No conocemos su vida privada, pero no debía estar
casado, pues los textos hablan mucho (bien y mal) de sus familiares (madre,
hermanos…), pero no de su mujer e hijos (como habrían hecho, sin los hubiera
tenido). Pensó como Juan que el mundo estaba perdido, y que los hombres debían
hacer penitencia (convertirse), esperando el juicio de Dios.
‒ Mensajero del Reino en Galilea. Pero el juicio no llegó, y movido por una experiencia personal (cf. Mc 1, 9-11), quizá tras la muerte de Juan (asesinado por el rey Antipas), comenzó a proclamar la llegada del Reino de Dios en las aldeas y pueblos de Galilea, enseñando, curando, animando y acogiendo a los expulsados del sistema, para crear con ellos una “sociedad alternativa”, una humanidad utópica, pero muy real, donde todos pudiera ser hermanos, compartiendo tierra, comida y familia.
‒ Jerusalén, compromiso mesiánico. Pero, tras un tiempo descubrió que
los galileos, en general, no aceptaban su proyecto, ni creían en sus signos, ni
se preparaban para la llegada de Dios. Pues bien, tampoco entonces se retiró a
la vida privada, sino que reaccionó de forma activa y decidió subir
directamente a Jerusalén (cf. Mc 8, 27 ss), para instaurar allí el Reino de
Dios, “purificando” el templo y provocando a las autoridades.
Silencio y
muerte.
Llegó como pretendiente regio, a una ciudad vigilada
por sacerdotes judíos y soldados romanos. No vino para morir, sino para
instaurar la Soberanía de Dios. Pero, en un sentido externo, fracasó, pues los
sacerdotes no le aceptaron ni le siguió el conjunto del pueblo. Viendo que no
le recibían, tras despedirse de sus más íntimos en una última cena y
prometiéndoles que tomarían la próxima copa en el Reino de Dios, Jesús fue con
ellos a un huerto del Monte de los Olivos, por donde, según la esperanza judía,
debía venir Dios.
Pero Dios no intervino (externamente), y Jesús fue
apresado, sin oponer resistencia militar, traicionado por un discípulo (Judas)
y abandonado por otros (Pedro, los Doce). Los sacerdotes le entregaron a Pilato, y Pilato,
gobernador de Roma, le condenó a muerte acusándole de no pagar tributos, de
revolver al pueblo y de querer hacerse rey (cf. Lc 23, 2). Gritó mientras moría
“Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”, pero Dios tampoco vino
(externamente). Le enterraron los delegados de Sanedrín judío (con permiso de
Roma), pues el día siguiente era Pascua y no podía haber cadáveres colgados en
la calle.
“Dios” puede
hablar de nuevo.
Origen de la Iglesia. Muchos pensaron que todo había
terminado. Había sido un hermoso sueño (cf. Lc 24, 19-21), y Jesús un hombre
bueno, de bellos ideales, pero la rueda implacable del mundo le aplastó y sólo
quedó la nostalgia de su recuerdo. Pues bien algunos de sus discípulos dijeron a los
pocos días muerte que él estaba vivo de un modo más alto, pues le habían visto,
más real que antes, resucitado, en la Gloria de Dios, y que ellos debían seguir
su obra, creando su “iglesia” que, de maneras diversas, ha seguido existiendo
hasta el día de hoy (2012).
Así empezó, partiendo de Jesús, la gran aventura de la
Iglesia, fundada por
sus discípulos que “le vieron” (=dijeron haberle visto) tras su muerte, y que
siguieron proclamando su mensaje. Acabó la historia de Jesús, surgió la
Iglesia, desde diversos centros, con Magdalena y Pedro, con los helenistas y
Santiago (el hermano de Jesús), con Pablo… y otros misioneros.
Más que una Iglesia hubo iglesias que nacieron casi al
mismo tiempo como llamas de fuego en un mismo gran bosque. Jesús no fundó directamente la
Iglesia, pero podemos decir que dejó preparados varios “focos de incendio”:
Pedro y los Doce esperando que Jesús volviera pronto en Jerusalén; las mujeres
amigas, dispuestas a recuperar su amor de otra manera; los discípulos de
Galilea, reinterpretando su vida; Santiago y los parientes de Jesús,
recuperando su pasado; los judíos helenistas, con Pablo, deseosos de llevar el
mensaje y proyecto de Jesús a todo el mundo…
Dos respuestas ante Jesús
Dos respuestas ante Jesús
Murió Jesús y, por su forma de morir (sin cumplir lo
prometido) prendió en varios lugares el fuego de su Iglesia, centrado en la
afirmación de que él (Jesús) había resucitado. Si Jesús resucitó “de hecho” (y
la Iglesia es “cosa de Dios”) o si las iglesias nacieron por factores meramente
humanos (aunque apelado a Jesús) es algo que no puede decidirse
científicamente.
Además, las dos cosas (intervención de Dios e historia
humana de Jesús) se sitúan en planos distintos, de manera que los creyentes
pueden decir que todo fue obra de Dios... pero siendo, al mismo tiempo, algo
totalmente humano.
Comprensible y razonable es la opinión de los que
dicen que Jesús no resucitó, que no es Hijo de Dios (aunque pudo ser un hombre bueno), y
que sus discípulos, por tanto, no fueron más que unos ilusos.
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